Clases esenciales: Cristianos en el lugar de trabajo

Cristianos en el lugar de trabajo – Clase 3: Un nuevo jefe: Cómo la obra de Jesús cambia nuestro trabajo

Artículo
26.02.2019

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Clase esencial
Cristianos en el lugar de trabajo
Clase 3: Un nuevo jefe: Cómo la obra de Jesús cambia nuestro trabajo


¡Bienvenido! Oremos antes de iniciar.

La semana pasado estudiamos los peligros del trabajo en un mundo caído: Por un lado, la inactividad cuando perdemos de vista los propósitos de Dios para nuestro trabajo, y por el otro, hacer del trabajo un ídolo. Ahora bien, estamos listos para las buenas noticias: cómo la redención de Dios de su pueblo cambia nuestro trabajo. Al igual que en las dos últimas clases, vamos a reducir nuestro enfoque del trabajo en el lugar de trabajo, —el trabajo por dinero—, aunque estas verdades aplican para el trabajo en todas las áreas de nuestras vidas: como miembros de una familia, vecinos, ciudadanos, miembros de una iglesia, entre otros.

La verdad clave que veremos hoy es que la obra de Jesús, su obra de redención, cambia nuestro trabajo.

Así que empecemos hablando acerca de cómo esto es verdad. ¿Cuáles son algunos ejemplos de cómo el ser cristiano ha cambiado lo que haces en tu trabajo? 

La inactividad y la idolatría son distorsiones del trabajo como un acto de adoración. 

Comencemos esta mañana con la clase de la última semana y recordemos algunas de las cosas buenas que conversamos. Los peligros de estar inactivos y convertir el trabajo en un ídolo son distorsiones del trabajo como un acto adoración. Estamos inactivos porque hemos perdido de vista el trabajo como adoración. Idolatramos nuestros trabajos porque los adoramos. Veamos más de cerca ambas distorsiones para abrirnos paso al tema principal del día de hoy: la obra de Jesús cambia nuestro trabajo.

La distorsión católica

El peligro de la inactividad en el trabajo ha sido llamado la «distorsión católica» porque encontró su máxima expresión en la Iglesia católica romana. El trabajo se separó completamente de la adoración. Eusebio, obispo de Cesarea, escribió que existen dos estilos de vida en la iglesia: la vida perfecta y la vida permitida. La vida perfecta era espiritual y estaba reservada para los sacerdotes, los frailes y las monjas. La vida permitida era secular y estaba reservada para las criadas, los soldados y los reyes. En otras palabras, no es necesariamente pecaminoso tener una carrera secular como la carpintería o la abogacía.

Parte de la Reforma Protestante, entonces, fue recuperar la idea bíblica de que nuestro trabajo puede ser un acto de adoración. Esta fue la experiencia de William Wilberforce, quien fue casi responsable como miembro del Parlamento de la abolición del comercio de esclavos. Inmediatamente luego de su conversión muchos años antes, su primer pensamiento había sido retirarse de la política por el ministerio. Seguramente eso era más importante que el llamado trabajo secular. Afortunadamente, John Newton, el célebre compositor de «Sublime Gracia», persuadió a Wilberforce de lo contrario. En 1788, Wilberforce escribió en su diario: «Mi camino es uno público. Mi carrera está en el mundo; y debo mezclarme en las asambleas de los hombres, o renunciar al puesto que la Providencia parece haberme asignado». Si Wilberforce hubiese abandonado la política por el pulpito, hubiese renunciado al «puesto» que Dios le había asignado para la abolición de un gran mal.

Nuestras vidas no se dividen entre lo espiritual y lo secular; en cambio, todo lo que hacemos tiene un significado espiritual. William Tyndale escribió: «Si nuestro deseo es complacer a Dios, verter agua, lavar trastes, pulir zapatos, y predicar la Palabra, es todo uno»[1]. Y Lutero, en su típico estilo terrenal escribió: «Dios y los ángeles sonríen cuando un hombre cambia un pañal»[2].

Recuerda, el peligro de estar inactivos no consiste tanto en la falta de actividad como en la falta de actividad que le importa a Dios. Para evitar el peligro de la inactividad, debemos ver nuestro trabajo como una oportunidad para adorar.

La distorsión protestante

Pero el restablecimiento del trabajo por parte de la Reforma como un acto de adoración eventualmente se convirtió en otra distorsión. Los historiadores lo han llamado la «distorsión protestante» porque surgió en culturas de forma protestantes. «Mientras que la distorsión católica es una forma espiritual de dualismo, que eleva lo espiritual a expensas de lo secular, la distorsión protestante es una forma secular de dualismo, que eleva lo secular a expensas de lo espiritual»[3]. Los primeros reformadores no cometieron este error, pero en las generaciones posteriores, la celebración de la espiritualidad de nuestro trabajo se desequilibró. Os Guinness lo expresa bien cuando escribe: «Eventualmente, llegó el día en que la fe y el llamado se separaron por completo. La demanda original de que cada cristiano debía tener un llamado se redujo a la demanda de que cada ciudadano debía tener un trabajo»[4]. Y entonces el trabajo se volvió sagrado. El presidente Calvin Coolidge declaró una vez: «El hombre que construye una fábrica construye un templo. El hombre que trabaja allí, adora allí».

Este es el peligro de hacer del trabajo un ídolo. Se convierte en un acto de adoración a nosotros en lugar de a Dios. El caer en esa trampa, lo relacionamos con el escritor de Eclesiastés, cuando dice en el capítulo 2: «¡Que el hombre trabaje con sabiduría, y con ciencia y con rectitud, y que haya de dar su hacienda a hombre que nunca trabajó en ello! También esto es vanidad y mal grande». Cuando divorciamos el trabajo de la adoración, cualquier sentido que podamos darle a nuestro trabajo es falso y seguramente decepcionante.

Nuestro llamado como cristianos

El principal punto aquí es que necesitamos mantener el trabajo conectado a la adoración, y la adoración conectada a Dios. Para entender mejor esto, permíteme presentarte la terminología del llamado. A menudo hablamos de un «llamado» particular en la vida, ¿qué significa eso? Vocación significa, u originalmente significaba lo mismo. Es simplemente una transliteración de la traducción del latín para «llamar». Nuestro llamado, nuestra vocación es lo que Dios nos ha llamado a hacer.

El llamado principal

Pero, ¿qué es eso? Bueno, comencemos con nuestro llamado principal. Cuando Dios nos llama en la Escritura, normalmente nos llama para salvación. Como en Romanos 8:30: «Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó». Os Guiness tiene una gran definición funcional para nuestro llamado principal: «Nuestro llamado principal como seguidores de Cristo es por él, de él y para él». Somos llamados por Cristo, 2 Tesalonicenses 2:14: «a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo». De Cristo, Romanos 1:6: «entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser de Jesucristo».  Para Cristo, Efesios 2: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas».

Entonces, ¿a qué te está llamando Dios? Principalmente, te llama para que acudas a él. Para ser salvo del pecado y para que puedas dar testimonio de su gloria. Si vamos a evitar los peligros de la inactividad y de la idolatría, debemos recordar que nuestro llamado principal es para con Dios. «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33).

Los llamados secundarios

Ahora bien, como aquellos que han sido llamados por Dios, ¿qué debemos hacer? Servirle en cada área de la vida. Esos son nuestros llamados secundarios. Podemos ver eso en el versículo de Efesios 2 que acabo de citar. Somos llamados por Dios para salvación: para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. Dios no nos llama para salvación simplemente porque siente lástima por nosotros. Nos llama para salvación para que podamos tomar parte en su gran plan para demostrar su magnificencia a toda la creación, así que cuando él nos llama para salvación, nos llama para estos llamados secundarios. Como los llamados secundarios de un asalariado, de un estudiante, o de una madre a tiempo completo, o de un desempleado, o de un jubilado.

La verdad fundamental que debemos entender aquí es que nuestros llamados secundarios existen para apoyar nuestro llamado principal. «Y todo lo que hagáis», dice Pablo (Colosenses 3:22-24), «hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres… porque a Cristo el Señor servís».

La distorsión católica, la inactividad, llega cuando olvidamos el hecho de que nuestros llamados secundarios pueden apoyar nuestro llamado principal. Y la distorsión protestante, la idolatría, llega cuando nuestros llamados secundarios se vuelven fines en sí mismos.

La obra de Jesús lo cambia todo

Me doy cuenta de que hasta ahora, todo esto parece bastante teórico.  Así que para hacerlo más práctico, examinemos tu trabajo a la luz de la obra de Jesús. ¿Cuál es la obra de Jesús?      Su obra de redención. La Biblia nos enseña que todos somos pecadores con una enorme deuda para con Dios a causa de nuestro pecado. Sin embargo, en lugar de pagar esa deuda, ¡seguimos trabajando horas extras contra él! La buena noticia es que Jesús asumió la deuda que jamás podríamos pagar. Él vivió la vida que nosotros fracasamos en vivir y murió la muerte que nosotros merecíamos morir. Y luego resucitó de los muertos, victorioso sobre la muerte y el pecado.

Esa obra que él hizo lo cambia todo acerca de nuestros llamados en la vida. ¿De qué manera exactamente? Veamos algunas cosas importantes.

Trabajamos para un nuevo jefe

Y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia ( Romanos 6:18). Aunque una vez estuvimos en busca de las pasiones de la carne y la alabanza del hombre, ahora buscamos a Cristo. Es por ello que Pablo puede decir en ese pasaje de Colosenses 3: «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres… porque a Cristo el Señor servís».

¿Te das cuenta de lo sorprendente que es eso? Cuando estás cambiando un pañal, ¿a quién estás sirviendo? A Jesús. Cuando estás escribiendo un memorándum, ¿a quién estás sirviendo? A Jesús. Cuando tu jefe terrenal no aprecia tu trabajo, o pierdes un ascenso porque insististe en ser honesto, ¿le fallaste a tu verdadero jefe? ¿Eres menospreciado por tu verdadero jefe? Nuestros llamados secundarios respaldan nuestro llamado principal. Así que en todo lo que hacemos, estamos trabajando para Jesús.

Tenemos una nueva asignación

Ahora, cuando trabajamos para Jesús, ¿cuál es su objetivo para nosotros? 1 Corintios 10:31: «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios». Objetivo #1: Mostrar lo increíble que él es. Ahora bien, las circunstancias de ese llamado pueden variar. Pero sea que estés volando una nave o jugando a los peluches con tu hija, o enseñando una clase en la iglesia, tu gran asignación es siempre la misma: mostrar la gloria de Dios. Pensando más austeramente acerca del lugar de trabajo, no importa lo que hagas para ganarte la vida, trabajas por algo distinto a los inconversos que te rodean. Sí, el dinero es importante. Sí, un logro en tu carrera puede ser bueno. Sí, quieres ayudar a tu jefe y hacer un buen trabajo. Pero finalmente, estás en tu trabajo para que puedas glorificar a Dios. Esta es tu nueva asignación.

Hay un hecho fundamental que puede enfocar todo esto. Dios no necesita que hagas lo que haces. Sea lo que nosotros hagamos, él puede hacerlo mejor. Si finalmente lo que le importara fuese el informe legal que escribiste la semana pasada, lo habría escrito él mismo. Si en última instancia se tratara de que tu compañero de trabajo se convierta al cristianismo, él mismo habría compartido el evangelio. Si al final se tratara de que esta clase se enseñe bien, lo estaría haciendo él mismo. A veces confundimos la idea de «trabajar para Jesús» con la idea de que alguien de alguna manera necesita nuestro trabajo. ¡Pero eso no es verdad! Salmo 50:12: «Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y su plenitud». No importa lo que hagas, él puede hacerlo mejor.

Si él puede hacerlo mejor por sí mismo, ¿por qué Dios nos da estos llamados secundarios? Porque, y esto es importante, el objetivo final de Dios no es nuestra productividad, sino nuestra adoración. No es hacer las cosas, sino demostrar quién es él. Nuestros llamados secundarios tienen sentido cuando entendemos que existen primordialmente para apoyar nuestro llamado principal: glorificar a Dios.

Por esa razón, la idea del trabajo como un acto de adoración es tan importante. La adoración es la respuesta de la criatura moral al creador. Como evangélicos del siglo XXI, nos equivocamos porque pensamos que la adoración no es más que cantar en la iglesia. Por lo que el trabajo como un acto de adoración suena extraño, como si tomáramos descansos de hacer productos para cantar canciones de alabanza en el piso de la fábrica. Pero una vez que obtienes una visión bíblica de la adoración, como respuesta de toda la vida a quién es Dios, el trabajo como un acto de adoración cobra sentido. Tu trabajo puede glorificar a Dios. Tomemos ese ejemplo bastante básico de Colosenses 3, debes trabajar duro porque estás trabajando para Jesús. ¿Cómo es eso un acto de adoración? Bueno, trabajar duro para Jesús demuestra que él es digno de ese arduo trabajo. Por encima de eso, la única razón por la que quieres trabajar duro para él es por el nuevo corazón que has recibido en Cristo. Así, tu deseo por trabajar duro demuestra la obra que Dios ha hecho en ti. Y además, eres conocido como cristiano, ¿cierto? De una pequeña manera, la reputación de Cristo depende de tu reputación. Cuando eres reconocido como un trabajador esforzado, mejoras su reputación. O, citando las palabras de Pablo a los siervos en Tito 2, «[adornas] la doctrina de Dios nuestro Salvador».

Por tanto, tenemos un nuevo jefe. Y una nueva asignación: adorarle en nuestro trabajo. Pero también:

Tenemos corazones nuevos

Probablemente no hay nada más desalentador en el lugar de trabajo que recibir una asignación sin los recursos necesarios para realizarla. Pero Jesús no solamente nos da una nueva asignación; nos da corazones nuevos para llevarla a cabo.

Esta es una de las muchas maneras en que Jesús no es como ningún jefe que hayas tenido. El profeta Ezequiel predijo esto: «Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne» (Ez. 36:26). Ese corazón de carne es un corazón que ama a Dios, y porque ama a Dios, ama a otros también.

Jesús no nos prepara para el fracaso. En cambio, nos da la gracia para amar a Dios y amar a los demás. Y esto produce gran confianza en el lugar de trabajo. No la confianza que proviene de la autoestima. Sino la confianza que proviene de confiar en Jesús. Él no permitirá que fracases en la asignación que te ha dado. Quizá tu cuadro nunca sea colgado en un museo. Quizá la ley que ayudaste a escribir puede hacer exactamente lo contrario de lo que pretendías. Pero los planes de Jesús para tu trabajo tendrán un resultado absolutamente perfecto. El retrato que está pintando de su gloria a través de tu vida saldrá exactamente como él lo planeó.

Tenemos recompensas nuevas

¿Para que trabajas? ¿Para obtener dinero, poder, fama y comodidad? ¿Para construir una escuela con tu nombre? ¿Para comprar una casa en la playa? ¿Para ayudar a mucha gente? ¿Para usar tus talentos? Las recompensas que Jesús provee son mucho más grandes de lo que el mundo ofrece. ¡Y duran para siempre!

Considera lo que dice Pablo a los siervos en Colosenses 3. ¿Por qué les dice que trabajen con un corazón sincero, como para el Señor y no para los hombres? ¡Porque ellos saben que «del Señor recibirán la recompensa de la herencia»! Si eso es verdad (¡y lo es!), entonces ninguna casa en la playa puede competir con esta recompensa. No hay mejor recompensa en el universo que la que Jesús da a quienes trabajan para él.

Una vez que aceptas esta verdad y la crees, comienza a cambiar la manera en que abordas tu trabajo. Ya no esperas que tu trabajo te brinde recompensas definitivas porque sabes que las mejores recompensas que puedas llegar a tener están aseguradas para ti en Cristo. Ya no ves el trabajo como un ídolo, en cambio, lo conviertes en un escenario para amar a Dios y amar a los demás. Estás libre de la trampa de la inactividad, de sentirte frustrado y amargado en la monotonía que trae tu trabajo. Tu felicidad está asegurada en otra parte; No necesitas que tu trabajo te haga feliz.

Saber que trabajas para el Rey Jesús y no para los hombres cambia la manera en que abordas tu trabajo. Tienes un nuevo jefe, una nueva asignación, corazones nuevos y recompensas nuevas, todo gracias a Jesús. Eso no es solo una serie de puntos clave para recordar aquí y allá. Es una nueva forma de pensar.

Y esta nueva forma de pensar conduce a nueva libertad encontrada en el lugar de trabajo. Pero antes de que lleguemos allí, hagamos una pausa para ver si hay alguna pregunta.

La libertad de trabajar para Jesús

Permíteme enlistar cuatro libertades que esta perspectiva eterna acerca del trabajo puede darnos.

  1. Libertad para confiar

El lugar de trabajo es un lugar de preocupación. Pero como alguien que trabaja para Jesús, tienes la libertad para confiar en Dios en lugar de ceder ante la preocupación. Ahora, por supuesto, no confiamos a Jesús nuestro futuro simplemente porque él es un agente de carreras muy inteligente;  le confiamos nuestro futuro porque él ya lo ha asegurado.

Piensa en una preocupación que has tenido en el trabajo recientemente. Lo digo en serio, piensa en una. Si eres como yo, tienes muchas para escoger. Ahora, considera qué pasaría si ese miedo se volviera realidad. ¿Está empezando a incrementar tu presión arterial? Pero entonces considera algunas verdades importantes de la Escritura:

  • Dios está en control. De todo. De permitir que cualquier miedo se haga realidad.
  • Dios prometió usar todo para nuestro bien y su gloria. La única razón por la que permitiría que ese miedo se hiciera realidad es porque quiere usarlo para tu bien.
  • Dios te ama. Más de lo que posiblemente puedas comprender. Y está comprometido con hacer lo que es mejor para ti sin importar el dolor o el placer involucrados.
  • Jesús es tu gran jefe. Ninguna circunstancia en tu vida lo sorprenderá o impedirá que él cumpla su voluntad en ti.

A veces sentimos la tentación de combatir la preocupación en el lugar de trabajo pretendiendo que nuestro trabajo no importa. «Bueno, si esta venta se cae no es el fin del mundo». Y en cierto sentido, eso está bien, si lo que estamos haciendo es protegernos de la idolatría. Pero hay una mejor manera. Tu trabajo importa, pero por razones distintas a las que el idolatra del trabajo piensa. Le importa a Dios por lo que dice al mundo, y a ti acerca de él. Y eso no depende en absoluto de que hagas esa venta. Dios va a cumplir sus propósitos, independientemente de tu resultado. Así que cuando te sientas ansioso o preocupado por el futuro, da un paseo, o toma una taza de café y siéntate por un momento. Dios está en control, ¡y lo que él hace es siempre mejor! Deja que Jesús sea el ancla de tu confianza. 

  1. Libertad para descansar

Proverbios 23:4 nos dice: «No te afanes por hacerte rico; sé prudente y desiste». El descanso es algo bueno que Dios ha incorporado en nuestras vidas. Es un regalo que nos recuerda que dependemos de Dios y nos permite disfrutar los frutos de nuestros trabajos. Dios conoce tus límites. ¡Él los diseñó! Por tanto, tu necesidad de descansar es buena.

Como dijo Charles De Gaulle: «Los cementerios están llenos de hombres indispensables». ¿Realmente crees que este mundo colapsará si dejas de trabajar? Asume eso con tu verdadero jefe, Jesús, quien te creó con la necesidad de descansar, una necesidad diseñada precisamente para que puedas comprender, cada noche que te acuestas en la cama, que no todo depende de ti. Depende de él.

Si realmente entendiésemos que nuestra asignación consiste principalmente en mostrar quién es Dios en nuestro trabajo, en lugar de lograr cosas específicas con nuestro trabajo, ¿qué cambiaría? ¿Seguiríamos trabajando largas horas sin descanso? ¿Maldeciríamos nuestra necesidad de dormir cada noche? ¿Trabajaríamos  los domingos por la tarde y la noche? Probablemente no.

  1. Libertad para servir

¿Tienes idea de lo raro que es encontrar a una persona verdaderamente altruista en el lugar de trabajo? ¿Alguien que solo quiera hacer el bien a otros? ¡Tú puedes ser esa persona! ¿Por qué? Porque todo lo que necesitas se encuentra en Cristo, y porque todo lo que él necesita que hagas lo logrará a través de ti. Tu necesidad de aprecio, tu búsqueda de identidad, tu deseo de seguridad, Jesús te ha prometido todas esas cosas en él.

Por tanto, sé un siervo en el trabajo. Haz tiempo en tu agenda de trabajo para ayudar a un compañero o a algún cliente. Pregúntale a un colega si hay algo que puedas hacer por él. Cómprale una taza de café. Escucha cómo comparte un problema personal o quédate hasta tarde para ayudarle a terminar un proyecto. Eres libre para servir porque Jesús te ha dado todo lo que necesitas en él.

  1. Libertad para procurar la excelencia

¿Cuántos de nosotros nos propusimos procurar la mediocridad? ¿Cuántos niños quieren ser bomberos mediocres? ¿Cuántos estudiantes universitarios quieren ser ingenieros mediocres? Sin embargo, este mundo está lleno de trabajadores mediocres. ¿Por qué? Porque hay restricciones que nos impiden alcanzar la excelencia. No solo alcanzar la excelencia, sino incluso procurar la excelencia.

Eso es debido a que la excelencia no puede ser motivada de manera externa, como el atractivo del dinero o la amenaza de ser despedido. Viene de nuestro interior, y no podemos simplemente evocar estas motivaciones.

Aquí es donde el evangelio nos libera para procurar la excelencia.

Piensa en todas las cosas que deben alinearse para que un trabajador típico sea motivado hacia la excelencia. La tarea tiene que parecer posible. Debería alinearse con tus habilidades. Tienes que creer en la causa, entre otras.

Pero en el evangelio, ¡tenemos todo lo que necesitamos para ser motivados! La razón es que Dios sea glorificado. El soberano Dios del universo ha diseñado la tarea, y nos ha dado corazones nuevos para lograrla. Y por el amor de Dios, si necesitas café, él se asegurará de que también tengas eso. Así que incluso si el trabajo parece desalentador desde una perspectiva mundana, la asignación que has recibido de parte de Dios es completamente alcanzable: adorarlo través de tu trabajo trabajando para el Señor. Eso es altamente motivador.

Proverbios 22:29 nos dice: «¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de los reyes estará; no estará delante de los de baja condición». El trabajo bien hecho conduce al verdadero servicio. Bien, ¿para quién trabajamos? Al igual que Daniel, Nehemías y Mardoqueo, también estamos trabajando para un rey, en realidad, ¡lo hacemos para el Rey de Reyes! Cuánto más debería nuestra actitud, energía y esfuerzo traducirse en servicio hacia a él.

En Cristo, eres libre para procurar la excelencia.

Conclusión

Finalmente, para concluir, hablemos acerca del gozo. Dije en la primera semana que el trabajo en un mundo caído es fatigoso, fútil y obligatorio. No obstante, como pueblo redimido que trabaja para su Redentor, podemos tener verdadero gozo en nuestros trabajos. ¿Por qué? Porque aunque los frutos terrenales de nuestro trabajo desaparezcan, nuestro trabajo está logrando algo que es eterno, que nunca se desvanecerá: mostrar la gloria de nuestro Señor. Incluso si nadie nota que estás trabajando arduamente, tu trabajo tiene un significado eterno porque es para él. Como escribe el salmista: «Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad» (Sal. 84:10).

El verdadero gozo en tu trabajo surgirá de tu gozo en Jesús. Crece en el conocimiento y amor por el evangelio, y tu gozo crecerá. Y ese gozo brillará por medio de cualquier llamado que el Señor te dé.

 

[1] Guinness (parafraseando a Tyndale).

[2]Id. (parafraseando a Lutero).

[3] Guinness.

[4]Id.