Clases esenciales: Cristianos en el lugar de trabajo

Cristianos en el lugar de trabajo – Clase 1: Una teología bíblica del trabajo

Artículo
26.02.2019

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Clase esencial
Cristianos en el lugar de trabajo
Clase 1: Una teología bíblica del trabajo


¿Por qué trabajas? ¿Cuál es la importancia de tu trabajo? Eso depende de la historia que le adjuntes a tu trabajo. Si tu historia del trabajo es la historia del éxito, entonces el trabajo consiste en hacerte un nombre, de la oscuridad a la gloria. Si tu historia es la historia de la acumulación, entonces el trabajo es un medio para obtener comodidad, de la pobreza a los privilegios. Si tu historia del trabajo es la historia de hacer del mundo un mejor lugar, entonces el trabajo es un medio de salvación, el viaje desde la distopía a la utopía.

¿Qué historia cuenta tu trabajo? ¿Quién está en el centro? ¿Es la historia que tu trabajo cuenta una historia cierta? Esa es la pregunta que estaremos examinando durante las próximas 13 semanas y, por tanto, no comenzaremos con tu historia, sino con la de Dios. Ya que en la Biblia, Dios comunica la verdadera historia del trabajo.

Si no lo pensaste mucho, podrías creer que esa historia empieza después de la Caída, y termina cuando Jesús regresa. Sin embargo, esa trama presenta el trabajo desde una perspectiva negativa. En realidad, la historia inicia en el huerto de Edén, mucho antes de la Caída. Y continúa en el cielo nuevo y la tierra nueva. Y al igual que toda buena historia, ésta tiene en su centro una crisis trágica y un glorioso rescate.

La historia de Dios del trabajo es una historia que consta de cuatro actos: La Creación, la Caída, la Redención y la Restauración. La historia de Dios del trabajo es la clave para entender nuestro propio trabajo. Y lo que es más importante, la historia de nuestras vidas. Así que comencemos.

ACTO 1: La Creación

Es fundamental entender que la historia del trabajo no empieza con nosotros. Inicia con Dios. Dios es un trabajador. La Biblia comienza con su obra. «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn. 1:1). En los primeros dos capítulos de Génesis, se nos dice siete veces que Dios creó; doce veces que hizo algo. Y todo este crear y hacer se resume en su obra. «Y acabó Dios en el séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo» (Gn. 2:2).

Es esta verdad fundamental, que la historia del trabajo comienza con Dios, la que nos ayuda a entender la siguiente parte de su acto de apertura en la obra de la Creación. Porque el momento culminante de la obra creativa de Dios no fue la creación de las galaxias o las complejidades del ADN; fue la creación de los seres humanos.

Al igual que el resto de la creación, nosotros somos producto de la obra de Dios. Pero de manera única en toda la creación, fuimos creados a imagen de Dios. Y más allá de lo que eso pueda implicar, significa que fuimos creados para ser un reflejo de Dios al mundo, una representación de Dios en el mundo. Lo vemos primero en Génesis 1:28: «Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» y hasta ese punto, es lo mismo que le dijo a las aves, a los peces y a los animales. Al igual que las otras criaturas, fuimos creados para reproducirnos. Pero Dios continúa. No solo debemos llenar la tierra. Debemos «[sojuzgarla], y [señorear] en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra». Se nos da un trabajo, y no cualquier trabajo: un trabajo que refleja la naturaleza de Dios. Dios es claramente Rey sobre toda la creación. Y le dice a los seres humanos que gobiernen el mundo como sus representantes, como los portadores de su imagen. Y es solo en ese punto que Dios declaró buena su obra, y descansó.

En el capítulo 2, la naturaleza del trabajo que Dios nos da se define aún más. El Acto 1, Escena 1  cierra con Dios descansando. Pero el Acto 1, Escena 2 abre con Dios trabajando nuevamente. Esta vez no creando, sino gobernando y ordenando lo que había hecho. Dios planta un huerto. Literalmente un paraíso. Podrías pensar en una finca bien ordenada. Y coloca al primer hombre allí.

Pero esto hace surgir una pregunta. ¿Cómo creas un paraíso dentro de un mundo ya perfecto? Respuesta: Dios creó un lugar perfectamente adaptado para la prosperidad humana. Y puso a Adán allí. Escucha: «Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Gn. 2:15).

Adán debía labrar y cuidar del huerto. Luego, Eva es creada como su ayudante. Literalmente, Adán y Eva debían labrar el huerto, hacerlo crecer y florecer, y debían guardarlo, protegerlo de lo que sea que pudiera arruinarlo o dañarlo.

Esto es importante porque el trabajo que Dios les dio a Adán y a Eva es el modelo para todo trabajo humano. Para comprender esto, pensemos un momento acerca del huerto de Edén. Es el lugar que Dios diseñó para la prosperidad humana. Y ya no hay nada como él en la tierra. Es el hogar, donde ellos viven su matrimonio y crían a su familia. Es el templo, donde se encuentran con Dios. Es el lugar de trabajo, donde participan en la labor productiva que Dios les dio. Tú y yo nunca hemos experimentado esto: un mundo en el que las divisiones y los conflictos de interés entre la iglesia, el lugar de trabajo y la familia no existían.

Y en ese mundo increíble, su trabajo consistía en tomar ese huerto-hogar-templo-lugar de trabajo, y hacerlo prosperar y crecer, protegerlo y nutrirlo, hasta que el mundo entero, y no solo un pequeño rincón, fuese un paraíso. ¿Y por qué debían hacer esto? Porque ellos fueron creados a imagen de Dios. Así como Dios creó, ellos debían crear. Así como Dios ordenó y administró, ellos debían ordenar y administrar. Así como Dios creó un mundo fructífero y próspero, ellos debían proteger y mejorar esa prosperidad. Su trabajo, como representantes de Dios, era tomar lo que Dios había comenzado y continuarlo para mostrar su gloria. El punto no era dar a conocer quiénes eran ellos a través de su trabajo, era dar a conocer a Dios a través de su trabajo. Porque al ser creados a su imagen, su trabajo da testimonio de él.

Así que esta es la primera lección de nuestra historia. El propósito original del trabajo humano era promover la prosperidad humana para la gloria de Dios. Nuestro trabajo, independientemente de la esfera en la que nos encontremos, el hogar, la iglesia, el lugar de trabajo, es mostrar la bondad y magnificencia de su carácter como portadores de su imagen. Hacemos esto al cultivar el huerto que se nos ha encomendado, para la prosperidad de las personas que nos rodean, para alabanza de la gloria de Dios. En otras palabras, el trabajo es ante todo, un acto de adoración.

ACTO 2: La Caída

Pero por supuesto, esto no es una historia real hasta que sucede algo que hace que todo se salga de control. Y eso nos lleva al Acto 2: La Caída.

No sabemos cuánto tiempo transcurrió entre el día que Adán obtuvo su primer trabajo y el día que salió todo mal. Pero lo que está claro es que una de las formas de comprender lo que los teólogos llaman la Caída es que Adán y Eva descuidaron su trabajo. Recuerda, a ellos se les encomendó el huerto, para que lo administraran y cuidaran. Y en ambos casos, fallaron. Satanás aparece, el enemigo de Dios y de los humanos. Y en lugar de proteger el huerto de él y expulsarlo, sostienen una conversación con él. Y al final de esa conversación, en lugar de administrar el huerto, intentan aprovecharse de él, abusando de su autoridad y arruinándolo para todos los demás.

De inmediato saben que se han equivocado. El jefe, Dios, aparece para inspeccionar su trabajo, y ellos se esconden en algún lugar de una oficina trasera. Ahora bien, todos sabemos lo que es obtener una revisión de desempeño por debajo del promedio. Y algunos de nosotros sabemos lo que es ser despedidos. Pero lo que Adán y Eva reciben es mucho peor. Son expulsados del huerto, pero no son liberados de su responsabilidad. Siguen siendo responsables de representar a Dios, todavía deben trabajar. Pero las condiciones de su trabajo han cambiado radicalmente: el mundo en el que trabajan ahora está maldito a causa de su pecado.

En Génesis 3:17-19, le suceden tres cosas al trabajo de Adán y Eva,  y al nuestro, debido a la Caída. Primero, se vuelve fatigoso. «Con dolor comerás… todos los días de tu vida». Esto es tan básico para nuestra experiencia del trabajo que es difícil imaginar cómo debe haber sido el trabajo antes. Después de todo, incluso un trabajo que ames tiene al menos algún aspecto que sea agotador, tedioso e incluso doloroso. Sabemos lo que hay que hacer, pero carecemos ya sea de la capacidad o de los recursos para hacerlo, como si hubiese alguna conspiración para dificultar nuestro trabajo. Hay una conspiración. En un mundo caído, el trabajo es fatigoso.

Pero no solo es fatigoso. Segundo, es fútil. Incluso aunque Adán trabajará dolorosamente la tierra toda su vida, la tierra maldita bajo sus pies producirá «espinos y cardos». Inutilidad. Infructosidad. Sus aspiraciones excederán constantemente la realidad, y por mucho que se esfuerce, eso nunca cambiará. Dentro del huerto, el resultado del trabajo fue la expansión de la utopía. Fuera del huerto, nuestro trabajo nunca produce utopía, en lo absoluto. La tierra está maldita.

Lo que encontramos es que estos dos aspectos del trabajo en un mundo caído, que es fútil y fatigoso, se enfrenta a las suposiciones del mundo moderno. Como Tim Keller señala: «‘[Nuestra generación] insiste en que el trabajo debe ser gratificante y fructífero, que debe encajar completamente con nuestros talentos y sueños, y que debe hacer algo asombroso por el mundo’, como un ejecutivo de Google describió la misión de su compañía» (Keller, 93). Suena genial. El problema es, que ese no es el mundo en el que vivimos.

Entonces podemos sentir la tentación de renunciar por completo al trabajo. Pero esa no es realmente una opción. Porque hay una tercera cosa que le sucedió al trabajo en la Caída. Lo que solía ser un acto de adoración voluntario ahora es un acto de supervivencia obligatorio. Versículo 19: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado». En el huerto, Adán no tenía que trabajar para comer. Dios había plantado un huerto que contaba con todo lo que Adán necesitaba. Pero ahora hay una urgencia, una obligación de trabajar. Como Pablo dijo: «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma» (2 Ts. 3:10). No es que el trabajo se haya vuelto malo ahora. No es que el trabajo sea un castigo. Es que en un mundo caído, el trabajo fatigoso y fútil es implacable. Nos guste o no, debemos trabajar. No podemos escapar, salvo en la muerte.

Génesis 3 es  el Acto 2, Escena 1 en la Caída. Pero la crisis en la historia no trata solo acerca del cambio en nuestras condiciones de trabajo. También trata acerca de un cambio en nosotros, los trabajadores. En un mundo caído, los trabajadores caídos ya no usan su trabajo para adorar a Dios, sino para adorar a ídolos.

Acto 2, Escena 2. Una de las primeras imágenes del trabajo que se nos da fuera del huerto es la diferencia entre los descendientes de Caín y los descendientes de Set, el hijo de Adán que reemplazó a Abel, ya que Caín lo asesinó. Vemos que el trabajo consolida la cultura. Los descendientes de Caín desarrollan la agricultura, la música y la metalurgia. Y todo eso está muy bien. Pero lo que la narrativa también nos cuenta es que los descendientes de Caín son definidos por su trabajo; su identidad proviene de su trabajo. En contraste, los descendientes de Set, el linaje divino, no están asociados con el trabajo en absoluto. En cambio, son definidos como aquellos quienes «comenzaron a invocar el nombre de Jehová». El punto no es que los adoradores de Dios no deben trabajar, sino que no deben ser definidos por su trabajo.

Esta idolatría del trabajo se aclara a medida que la historia avanza. En Génesis 11 leemos: «Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra» (Gn. 11:1-4).

Al igual que en Génesis 4 con los descendientes de Caín, el trabajo aquí consolida la cultura. Ellos desarrollan tecnología, construyen una ciudad. Procuran la prosperidad humana. Eso está bien. Pero también quieren algo más. Identidad. Quieren hacerse un nombre. Y quieren hacerlo sin Dios, a través de su trabajo. De hecho, quieren hacerlo en oposición a Dios. Dios les dijo que llenaran la tierra; su deseo es no «ser esparcidos sobre la faz de toda la tierra».

Cuán lejos del huerto hemos llegado. Lo que empezó como un medio para decir: «Miren a Dios» en adoración, se ha convertido en un medio para decir: «¡Mírenme!». Los portadores de la imagen se han enfocado en sí mismos, como lo expresa Agustín, buscando reflejar para sí su propia gloria y no la gloria de Dios.

Y quiero que veas que esta idolatría tiene al menos dos expresiones diferentes y en ocasiones simultaneas. Por un lado, algunos de nosotros sentimos la tentación de definirnos directamente por nuestro trabajo, nuestros logros, nuestro éxito. Por otro lado, otros sienten la tentación de definirse por su libertad del trabajo, sus ocios, pasatiempos, recreaciones. Michael Lawrence, quien escribió esta clase, observó que cuando vivía en Washington, los jóvenes llegaban a la ciudad para cambiar el mundo, la idolatría del trabajo como identidad. Ahora vive en Portland, donde los jóvenes, como él dice, se retiran, un epicentro muy distinto de la evasión del trabajo y de la idolatría de la libertad del trabajo como identidad. Pero los dos en realidad solo son lados opuestos de la misma moneda: una idolatría que define nuestra identidad por nuestra relación con el trabajo y no con Dios.

El final de la historia de Babel es que Dios baja y juzga su adoración idolatra del trabajo. Y ese mismo juicio es el que todos nosotros merecemos. Pero alabado sea Dios porque la historia del trabajo no termina allí.

Permíteme resumir esto con nuestra segunda lección. El problema con nuestro trabajo es que hemos perdido la conexión entre Dios, el trabajo y la adoración. A veces es que degradamos el trabajo y no lo vemos como adoración a Dios. A veces es que idolatramos el trabajo, y lo adoramos (y finalmente a nosotros mismos) en lugar de verlo como un acto de adoración, adoración al Dios verdadero. Hemos perdido el trabajo como un acto de adoración a Dios.

ACTO 3: La Redención

Acto 3. La Redención. Dios se convierte en hombre. Jesús nació de la virgen María. Su padre terrenal adoptivo, José, era carpintero. Y aparentemente, Jesús aprendió y también tomó esa ocupación, hasta que llegó el día en que asumió el trabajo para el que había venido, cuando su primo, Juan el Bautista, lo vio y declaró: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Este era el verdadero trabajo de Cristo: ser el Redentor. Pagar el castigo del pecado por su muerte en la cruz, y resucitar de los muertos para que todos los que se arrepientan y crean en él puedan ser perdonados de sus pecados, redimidos de la maldición. Y lo hizo. Juan 17: «Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese». Luego Juan 19: «Consumado es» (v.30).

Es popular en estos días hablar acerca de redimir la cultura, el trabajo y el lugar de trabajo. Y es completamente entendible, porque redimir es lo que Cristo vino a hacer, y la redención lo cambia todo. Pero nunca comprenderemos la historia del trabajo correctamente a menos que entendamos que aunque las personas son redimidas, el trabajo no lo es. Para cristianos y no cristianos por igual, el trabajo sigue siendo fatigoso en este mundo caído. Sigue siendo fútil. Sigue siendo obligatorio.

Entonces, ¿qué diferencia hace nuestra redención en la historia del trabajo? No cambia la obra, pero nos cambia a nosotros, los actores de la obra. Y ese cambio es crucial.

Primero, las personas redimidas se arrepienten de las actitudes idolatras hacia el trabajo, porque su identidad ya no está en el trabajo sino en Cristo. Escucha a Pablo exponer esa idea en Colosenses 3:2-4: «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria».

El evangelio cambia la mira de nuestros corazones, porque nuestra identidad y seguridad están ahora en Cristo. Más adelante en el capítulo, Pablo aplica esto directamente al mundo del trabajo. Versículo 22: «Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. (Arrepentimiento de la idolatría de la evasión del trabajo y de la identidad basada en el ocio). Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón como para el Señor y no para los hombres». (Arrepentimiento de la idolatría del trabajo y de la identidad basada en el éxito). El evangelio no cambia las condiciones de tu trabajo. Cambia la condición de tu corazón. Lo que nos lleva a un segundo desarrollo.

Segundo, debido a que se han arrepentido, las personas redimidas pueden nuevamente adorar a Dios a través de sus trabajos. Colosenses 3:17: «Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él». De hecho, Pablo se remonta a Génesis para describir el cambio en el trabajador redimido: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:10).

Esa es la lección #3: Las personas son redimidas; el trabajo no lo es. Sin embargo, debido a que nosotros somos redimidos, el trabajo ya no se trata de nuestro nombre, de nuestra gloria. Trata acerca de su nombre y de su gloria. Debido a que somos redimidos y hechos nuevas criaturas como producto de la obra de Dios, nuestro trabajo, con toda su obligatoriedad, fatigación y futilidad, puede otra vez ser ofrecido libremente como un acto de adoración, porque ese trabajo en sí es producto de la obra de Dios. ¡Él lo preparó de antemano para nosotros! Nuestro trabajo es importante principalmente porque muestra la obra de Dios en nosotros.

Y eso significa que hay un acto más en esta historia.

ACTO 4: La Restauración

En Romanos 8, Pablo no habla de la redención del trabajo y la cultura, sino de la liberación de la Creación. Habla acerca de la Nueva Creación, cuando Jesús regrese. Versículo 19: «Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia vanidad, sino por causa del que la sujetó en esperanza, porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios».

Pablo tenía Génesis 3 en mente cuando escribió eso. Sujetado a la frustración, la futilidad y a la esclavitud de la corrupción. Ese es nuestro mundo. Pero llegará el día en que las condiciones del trabajo cambiarán nuevamente. Ya no habrá más fatigación. No más futilidad. No más obligatoriedad. En cambio, habrá una libertad gloriosa. Hermanos y hermanas, el final de la historia del trabajo es que Dios hará nuevas todas las cosas. Un mundo sin maldición. Un lugar donde los espinos ya no llenarán la tierra. Habrá libertad y no obligatoriedad; gloria y no muerte.

Y cuando eso suceda, el trabajo no desaparecerá. ¿Por qué lo haría? Precedió a la Caída. También perdurará. Será restaurado a su debido contexto, y ese contexto es el séptimo día, día en el que Dios descansó. En Hebreos 4 leemos que para el pueblo de Dios nos espera el día de reposo, nuestro descanso fue prefigurado por el día de reposo y la tierra prometida, una tierra de descanso. Entonces, ¿qué aspecto tiene ese descanso? Escucha a Moisés describiéndolo en Deuteronomio 6: «Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre».

Esa no es la imagen de una vida sin trabajo. Es un cuadro de libertad, de abundancia. De trabajo que es satisfactorio y fructífero. Así es como será el trabajo en los cielos nuevos y la tierra nueva, del cual Israel en Deuteronomio 6 fue solo una imagen vaga. Una libertad gloriosa, en el perfecto descanso de Dios, para de nuevo usar nuestros dones y talentos, creatividad y energía para labrar el huerto, hacer crecer la ciudad y conocer la satisfacción del trabajo bien hecho.

Y cuando eso suceda, el trabajo no solo habrá sido restaurado a su debido contexto, sino que nuevamente y para siempre se realizará para su fin correcto: la gloria de Dios. Esta es la visión de Isaías 65: «Porque he aquí yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria… Edificarán casas, y morarán en ellas, plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas. No edificarán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma; porque según  los días de los árboles serán los días de mi pueblo, y mis escogidos disfrutarán la obra de sus manos. No trabajarán en vano, ni darán luz para maldición; porque son linaje de los benditos de Jehová, y sus descendientes con ellos…».

Esa visión se cumplió en Apocalipsis 21, a medida que las naciones llevan su esplendor a la Nueva Jerusalén, el huerto se ha convertido en una ciudad, la ciudad de Dios donde él habita con su pueblo. Este es el final de la historia del trabajo, un final que es realmente un nuevo comienzo. Por toda la eternidad, nuestro trabajo, nuestra creatividad, nuestra industria, traerán esplendor. Pero ese esplendor no se enfocará en nosotros, no será usado para engrandecer nuestros nombres. El esplendor de nuestro trabajo será para la gloria de Dios.

Hermanos y hermanas, si no entendemos la historia del trabajo, entonces nuestro trabajo será en vano. Supondremos que nuestro trabajo es un fin en sí. Supondremos que es un mal que debe ser minimizado o un dios que debe ser adorado. Pero cuando comprendemos la historia del trabajo, entendemos que el final del trabajo es Dios. Eso cambiará nuestro trabajo ahora. Y energizará nuestro trabajo para siempre. Pasaremos las próximas 12 semanas trabajando en esta historia.