Clases esenciales: Antiguo Testamento

Antiguo Testamento – Clase 3: Génesis 12-50

Artículo
21.03.2018

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Clase esencial
Panorama del Antiguo Testamento
Clase 3: «El reino prometido de Dios» Génesis 12-50


Introducción

«¿Hay para Dios alguna cosa difícil?» (Génesis 18:14). Ese es Dios hablando. Abraham tenía alrededor de 100 años; su esposa, Sara, cerca de 90. Dios les acababa de decir que iban a concebir un hijo, su primero juntos después de décadas de esterilidad y envejecimiento, dentro de aproximadamente un año. Y se rieron de él.

Abraham se rió a carcajadas. Y Sara se río para sus adentros. Lo que Dios les había prometido era tan ridículo y absurdo, tan… inconcebible… simplemente no podía pasar. Sus cuerpos estaban como muertos. Dios debía estar bromeando, o no estaba siendo sincero, quizá incluso por error. Por lo que ellos se rieron. Y Dios los corrigió. Él preguntó: «¿Hay para Dios alguna cosa difícil? Al tiempo señalado volveré a ti, y según el tiempo de la vida, Sara tendrá un hijo» (Génesis 18:14).

Un año después, cuando Sara dio a luz a un hijo en su vejez, Dios se aseguró de recordarles su fidelidad. Él les ordenó que llamaran al niño «Isaac», que significa: «Aquel que hará sonreír». Parece que la risa burlona de su incredulidad se había convertido en una risa de alegría.

Bueno, te encuentras en el seminario básico «Panorama del Antiguo Testamento», en nuestra segunda clase acerca del libro de Génesis, que cubre la mayor parte del libro, capítulos 12-50. La semana pasada vimos el primer gran acontecimiento en Génesis, la creación y la Caída de Adán y Eva. Esta semana veremos el segundo gran acontecimiento, el cual acabo de describir: el establecimiento de una familia especial por medio de Abraham.

Entonces, ¿qué abarcan estos 38 capítulos en Génesis? Ellos nos dan un vistazo a la vida de las familias de Abraham, su hijo Isaac y su hijo Jacob. (Estos tres también son conocidos como los Patriarcas). Comprender este linaje familiar es crucial para poder entender la Biblia. Ya que, a través de ellos, Dios comienza a revelar su plan de redención, el cual podemos resumir en unas pocas frases. El pueblo especial de Dios, vivirá en el lugar especial de Dios, bajo el gobierno especial de Dios. Pueblo, lugar y gobierno.

Podemos resumir esta parte de Génesis así:

Dios está haciendo un pacto de gracia con un hombre y sus descendientes que bendecirá a todo el mundo. En este pacto, Dios ha prometido ser su Dios. También promete, unilateralmente, que ellos serán su pueblo especial, que ellos vivirán en el lugar especial de su elección y que ellos disfrutarán una relación única con él, bajo su gobierno. 

Bosquejo

A modo de orientación, después de un poco de contexto voy a guiarte por estas tres generaciones de Génesis: Abraham, Isaac y Jacob. Y te ayudaré a entender cómo el plan de redención de Dios se desarrolla por medio de ellos: El pueblo de Dios, en el lugar de Dios, bajo el gobierno de Dios. Comencemos con un breve resumen de estos capítulos para darte algo de trasfondo.

(1) Abraham: La vida y los años de Abraham se encuentran en los capítulos 12 al 23. Ellos relatan el llamado de Dios a Abram ordenándole abandonar Mesopotamia. Revelan una progresión de promesas para él. Luego, al final de esta sección, Dios finalmente ratifica todo lo que le ha dicho con la señal de un pacto la circuncisióny un nuevo nombre: Abraham. También revelan una historia familiar atribulada para Abraham, dentro de su matrimonio, como con su sobrino Lot.

(2) Isaac: La próxima sección de Génesis, que comprende la vida adulta de Isaac, se encuentra en los capítulos 24 al 28. Sorprendentemente, Isaac y su esposa Rebeca tienen hijos mellizos, Jacob y Esaú. Al igual que con Abraham, la casa de Isaac estaba turbada por el pecado y la infidelidad, un humilde recordatorio para nosotros, sus hijos en la fe, de la permanente misericordia y del inconmovible amor de Dios.

(3) Jacob: La vida adulta y familiar de Jacob ocupa casi toda la segunda mitad del libro, detallando sus múltiples matrimonios y, por tanto, su gravemente atormentada vida familiar. Pero Moisés atrae nuestra atención, nuevamente, a uno solo de los hijos de este Patriarca: en este caso, José. Esta es la emocionante y extravagante historia del molesto hijo favorito, vendido por sus hermanos como esclavo a Egipto y luego como prisionero. Desde la cárcel, Dios impulsa a José al cargo más alto de la tierra. José usa su posición para cumplir, en parte, las promesas de Dios a su bisabuelo: ser una bendición a las naciones. Él rescata a las naciones e incluso a su propia familia de una hambruna devastadora.

A medida que lees este libro, ves cuán extravagante e inesperado es el plan de Dios. Mujeres ancianas concebirán hijos, hermanos menores gobernarán a los mayores, hombres arrogantes serán humillados, esclavos serán gobernantes y los desamparados recibirán un hogar. La historia de la promesa y el cumplimiento de Dios no es una historia humana normal. En todo es lo inesperado e imposible. Los planes del hombre son constantemente frustrados y la soberanía de Dios es suprema.

Verás, Dios ha preparado su plan de salvación para aumentar nuestra confianza en él. Si él pudo lograr cambios como esos en este libro, él puede lograr ese cambio en nuestras vidas y en nuestro tiempo, para su gloria. 

Repaso de Génesis 1-11 (El problema)

Sin embargo, antes de comenzar nuestra revisión general de Génesis 12-50, demos un repaso a Génesis 1-11. Dios hizo todo lo que existe, incluyendo a Adán y Eva. Les dio un lugar especial para vivir, les ordenó que fueran fructíferos y se multiplicaran en un pueblo global, y los puso bajo su gobierno benevolente y perfecto.

Luego, ellos pecaron.

No obstante, aunque Dios condena a Adán y Eva, también establece el primer atisbo de esperanza en una promesa de salvación. Al maldecir a Eva, la madre de toda la humanidad, Dios también dice: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar» (3:15).

Recuerda, esta «enemistad» en realidad son buenas noticias. Significa que la simiente de la mujer luchará contra la simiente de la serpiente, y un día la simiente de la mujer prevalecerá. Este hijo  prometido restaurará al pueblo de Dios, al lugar de Dios, bajo el gobierno de Dios. Así que por ahora, en esta segunda parte de Génesis, vemos que su plan comienza a desarrollarse.

A modo de repaso histórico, Moisés todavía es nuestro autor. Comenzando en el capítulo 12, podemos empezar a asignar algunas fechas a estos acontecimientos. Retomaremos hoy con Abraham, cuya historia tiene lugar hace aproximadamente 2000 años a. C. (agrega o resta 100 años más o menos). Y cubriremos la vida de José, cuya muerte podemos citar cerca del año 1800 a. C. 

  1. DIOS Y ABRAHAM:

Muy bien. Con eso como trasfondo, volvamos a nuestro texto. Iniciaremos con la historia de Abraham. Vayamos al capítulo 12, y leamos los versículos 1-3.

«1Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra».

En estas promesas hechas a Abraham vemos los propósitos de Dios en su reino: su pueblo, en su lugar, bajo su gobierno. Veremos cada uno de estos componentes del reino.

Empecemos con el lugar de Dios, la tierra que Dios promete a Abraham.

En el versículo 1, Dios promete a Abraham una tierra. Esta tierra es significativa, ya que como recordarás, Adán y Eva fueron expulsados de la perfecta tierra de Edén a causa de su pecado. Aquí, la Tierra Prometida a Abraham, la tierra de Canaán, era una verdadera ubicación histórica. Pero también sirve como un cuadro de la mayor realidad que vendría: esa nueva creación al final de los tiempos. Dios está revirtiendo la Caída, y está restableciendo para sí un pueblo que vivirá en un determinado lugar bajo su gobierno, como lo hicieron Adán y Eva. No es el regreso completo al Paraíso, pero es un presagio del mismo[1].

Abraham y sus descendientes inmediatos entendieron esto. En Hebreos 11 leemos: «8 Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. 9 Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; 10 porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios».

Esto explica la naturaleza de la Tierra Prometida: es una ciudad celestial edificada por Dios y no por el hombre. Pero el peregrinaje de Abraham también nos alienta. La historia en Génesis registra que Abraham deambuló el resto de sus días. De hecho, la única parcela de tierra que oficialmente poseyó en toda su vida fue la tumba donde enterró a su esposa. Y al igual que Abraham, si compartimos su fe, hemos sido llamados de nuestro hogar natural en este mundo, al país celestial de Dios. Somos peregrinos que esperan el cumplimiento de la promesa de Dios. Si nos aferramos a esta como lo hizo Abraham, participaremos en estas mismas bendiciones.

Esa es la promesa de la Tierra. 

En segundo lugar, observa que en el versículo 2, Dios hará de Abraham una gran nación. Al entender el desarrollo del reino de Dios, esta nación es el pueblo de Dios. De Abraham descenderá ese linaje santo que se originó con la mujer y que eventualmente dará a luz al salvador del mundo. Esto queda claro en el siguiente versículo, versículo 3.

«3Bendeciré a los que te bendijere, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra».

Aunque Abraham y sus descendientes forman una sola familia, una sola nación, aquí la bendición es para todas la familias. A través de la relación especial de Dios con los descendientes de Abraham, cualquier persona en cualquier parte del mundo puede arrepentirse de sus pecados y poner su confianza en el Señor Jesucristo para recibir perdón, vida eterna y una relación con Dios.

Todo eso está muy bien, ¿pero cómo va a ocurrir esto? Ve al capítulo 15.

Dios ha prometido a Abraham que haría de él una gran nación. Más adelante, versículo 2:

«2 Y respondió Abram: Señor Jehová, ¿qué me darás, siendo así que ando sin hijo, y el mayordomo de mi casa es ese damasceno Eliezer? Dijo también Abram: Mira que no me has dado prole, y he aquí que será mi heredero un esclavo nacido en mi casa».

Abraham tenía 75 años cuando se hicieron las promesas del capítulo 12, a lo largo de toda su vida, su esposa, Sara, había sido estéril. Ahora, él comienza a dudar si algún día llegaría a tener un hijo, mucho menos una nación entera de hijos. Así que Dios reafirma su promesa a Abraham.

Continuando en el capítulo 15, versículo 6:

«Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia».

Abraham es contado como justo a los ojos de Dios por su fe. Estas son buenas noticias para Abraham después de haber visto cuán pecaminosa es la humanidad. Abraham es un pecador al igual que el resto de los hombres, pero es contado como justo por su fe en Dios. Esta es una doctrina que Pablo resaltará frecuentemente en el Nuevo Testamento. En Romanos 4 y en Gálatas 3, Pablo usa este mismo versículo para demostrar que la única forma en que podemos ser justificados ante Dios es mediante la fe, y solo por la fe. La Biblia es muy clara en que nunca nadie podrá, por su buen comportamiento, o por sus buenas obras, o por asistir a la iglesia, por bautizarse, o por cualquier otra cosa hecha en sus fuerzas, ganar esta justicia necesaria. Pero podemos recibirla por fe.

Entonces, hemos visto algo acerca de la promesa de Dios de un pueblo, y en el obstáculo que Dios ha puesto soberanamente en el camino —la infertilidad de Sara—, hemos visto una característica importante de este pueblo. La fe.

En tercer lugar, consideremos el gobierno de Dios sobre su reino. Ahora bien, significativamente, este aspecto del plan de Dios no es tan claro en la historia de Abraham. Pero eso tiene sentido porque es la parte en la que el pueblo falló al vivir en el huerto del Edén. Por tanto, no tiene sentido que Dios simplemente reimponga su gobierno. En cambio, el gobierno de Dios tendrá que tomar una nueva forma. Y eso es precisamente lo que vemos. Echa un vistazo al capítulo 15, donde Dios hace un pacto con Abraham. Un pacto, en este contexto, es una unión y acuerdo solemne entre dos partes, con términos y condiciones  que solo pueden ser quebrantadas bajo pena de muerte.

En el versículo 8, Abraham tiene que preguntar —y ciertamente puedo identificarme con él-—, «¿en qué conoceré que la he de heredar?». Después de todo, las promesas de Dios a Adán y Eva dependieron de su obediencia y, por tanto, fallaron. ¿Qué hay de estas promesas? Dios responde rápidamente en el versículo 13: «Ten por cierto». El ritual de sacrificio y mutilación de animales que encontramos en el resto del capítulo está diseñado a fin de que Abraham pudiera «tener por cierto» que Dios cumpliría sus promesas. Porque cuando llega el tiempo de que Dios y Abraham ratifiquen el pacto, Dios hace que a Abraham lo sobrecoja el sueño, y  lo hace solo. En otras palabras, este es un pacto que Dios llevará a cabo independientemente de la desobediencia de Abraham. Es un pacto de gracia.

Visitaremos el pacto muchas veces más en nuestro repaso por el Antiguo Testamento. Por ahora, vemos que Dios ha hecho un pacto con Abraham, un pacto que bendecirá a todas las naciones del mundo como leímos en Génesis 12. No obstante, a diferencia del gobierno de Dios que vimos en Génesis 2, donde el pacto dependía de que Adán y Eva cumplieran su parte del acuerdo, este pacto es unilateral: depende solo de Dios. En el capítulo 26, leemos acerca de cómo las promesas del pacto se transmiten al hijo de Abraham, Isaac, y cómo luego son transferidas a su hijo, Jacob, en el capítulo 35. En todo esto tenemos un pueblo, un lugar y, aunque menos claro, un gobierno.

Entonces, ¿por qué nos abrimos paso tan lentamente a través de esto? Es más, ¿por qué de repente Moisés se enfoca aquí? Después de todo, los capítulos 1-11 de Génesis tienen un alcance cósmico y una escala global. Luego, repentinamente nos centramos en el trato de Dios con un solo hombre: Abraham. ¿Por qué? Porque en estas promesas vemos el punto de partida del plan de redención de Dios, mientras él toma las piezas rotas en Edén —el pueblo de Dios, en el lugar de Dios, bajo el gobierno de Dios— y comienza a unirlas nuevamente. Y eso nos lleva a Isaac, porque estas promesas dadas a Abraham no se cumplen en el tiempo de Abraham, sino que son transmitidas a su hijo. Así, este linaje familiar se convierte en el linaje de la promesa, justo como vimos en Génesis 3:15. 

  1. DIOS E ISAAC:

Bien, Abraham finalmente tiene un hijo. Y naturalmente, el lector se pregunta: «¿es éste el hijo prometido?».  Bueno, a medida que continuamos leyendo, descubrimos que la respuesta es no. Isaac comete muchos de los mismos errores que cometió su padre, y muere sin ver el cumplimiento de las promesas. Sin embargo, no muere sin dejar un heredero por medio del cual las promesas puedan continuar. Entonces, ¿es su hijo Esaú quien recibirá la bendición y hará avanzar el reino de Dios? Al fin de cuentas, es el primogénito. Sorprendentemente, la respuesta es no. Su hermano menor, Jacob, ¡es el heredero del pacto! Dios, por libre elección, decide que su plan de redención continuaría a través de Jacob.

La idea de que Dios escoge quién será suyo es una de las doctrinas más desafiantes en la Biblia. Es la doctrina de la elección. Es la doctrina de que algunos recibirán la gracia; y esos «algunos» son escogidos por Dios exclusivamente por los méritos de la gracia y no por algo que ellos hayan hecho.

Entonces, ¿por qué razón escogería Dios a un hijo en lugar del otro? ¿Era Jacob más justo que su hermano Esaú? Mm… No. Solo lee los siguientes capítulos. Jacob es un oportunista mentiroso y descarado. Si crees que Jacob fue escogido porque era más justo que Esaú o más fiel a Dios, entonces el resto de la historia de Jacob se vuelve muy confusa. Permíteme decirte la explicación que vemos en Romanos 9:

«…cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre 11 (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), 12 se le dijo: El mayor servirá al menor» (Romanos 9:10b-12).

¿Escuchaste? Dios escogió a Jacob antes de que cualquiera de los gemelos hubiera hecho algo bueno o malo. Y la razón por la que él escogió a Jacob fue para que «el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese». ¿Y cuál es ese propósito? Que la inclusión en la familia especial de Dios pueda venir «no por las obras sino por el que llama».

¿Puedes ver cuán importante son los temas que Dios está revelando en esta familia? Aquí aprendimos otra cosa acerca del pueblo de Dios: ellos pasan a ser parte del pueblo de Dios al ser llamados por Dios en fe. No por descender físicamente de Abraham.

No tenemos derechos sobre Dios. Todos somos rebeldes. Si recibimos algo bueno de Dios, ¡es 100% por pura gracia! Y esta gracia es para la gloria de Dios. La gracia de Dios nos humilla, sabiendo que no tenemos nada de que jactarnos ante Dios; y está destinada a glorificar a Dios por lo bueno que ha sido con nosotros que le conocemos por medio de su hijo, y somos incluidos en su reino de gracia[2].

Por tanto, a través de la familia de Isaac, aprendemos un poco más acerca del plan de redención de Dios. Ahora bien, comencemos desde cero con su hijo, Jacob, para ver qué podemos aprender de allí mientras la historia de la simiente de la mujer continúa. 

  1. DIOS Y JACOB

De Jacob crecerá la gran nación que Dios prometió a Abraham. Abraham solo tuvo un hijo legítimo. Isaac tuvo dos, pero solo uno fue incluido en la promesa. Ahora Jacob tiene doce hijos, y las cosas realmente empiezan a avanzar. Al menos numéricamente hablando, a medida que la familia de Jacob (recuerda, Dios cambió el nombre de Jacob por Israel) empieza a crecer para convertirse en esa gran nación que Dios había prometido. En particular, nos enfocaremos en José, uno de los hijos de Jacob.

Estudiemos rápidamente la historia de José. Vayamos a Génesis 37:9-11. José sueña que su madre, su padre y todos sus hermanos se inclinan ante él.

Este sueño es una profecía del futuro rol de José como salvador. Sin embargo, sus hermanos no están precisamente contentos con su optimista hermano menor. El versículo 11 dice que ellos sentían celos; al final del capítulo, venden a José como esclavo a Egipto. Allí, logra abrirse paso hasta ocupar un importante cargo, pero cuando es traicionado por la esposa de su amo, es arrojado a la cárcel. Después de muchos años en prisión, finalmente es puesto en libertad. Pero esta vez por una increíble obra de Dios, ¡llega a ser el primer ministro de Egipto! El Faraón lo pone a cargo de los suministros de alimentación para la nación. Y cuando una hambruna golpea al país, la sabiduría y la previsión de José, las cuales él atribuye a Dios, salvan los egipcios. Asimismo, se salvan muchas otras naciones vecinas, incluida su familia en Canaán.

Ahora bien, suceden muchas cosas en esta historia que podríamos observar, pero enfoquémonos en una sola. Veamos la respuesta de José cuando se encuentra nuevamente con sus hermanos, después de todos sus problemas, los mismos hermanos que lo vendieron y le causaron tanto sufrimiento todos esos años antes. Ve al capítulo 45, y mira los versículos 4-5.

«Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto. Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros».

O como dice después, en el capítulo 50 (versículo 20): «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo».

¿No es eso interesante? José dice que ellos lo vendieron como esclavo. No pueden evadir la responsabilidad de sus acciones. Pero también dice que Dios lo envió delante de ellos. ¿Para qué? Para preservar la vida de muchos de la gran escasez.

¡Qué asombroso giro! Vaya demostración de la gracia de Dios. Realmente somos responsables de todo lo que hacemos, sea bueno o malo. Pero al final, Dios supervisa todo. Él tiene el control absoluto de todo. Además, él usa ese control absoluto para defender la justicia y demostrar misericordia, tal como lo hace José aquí. Recuerda que desde una perspectiva teológica, había mucho más en juego que solo el pueblo de Egipto. Dios le había prometido a Abraham que usaría su descendencia para bendecir al mundo, una continuación de su promesa a Adán y Eva de un Salvador. Y la amenaza de hambruna para Jacob y su familia comprometía la extinción del linaje por medio del cual Dios había prometido que salvaría al mundo. Por tanto, la historia imposible de José, que salvó a esa familia, en realidad demuestra lo que Dios es capaz de hacer para mantener su promesa. Dios realmente pretendía estas cosas para bien.

Lo cierto es que, en ocasiones, es muy difícil ver cómo Dios está en control cuando hay tantas cosas trágicas y desastrosas sucediendo. No afirmamos que podamos entender lo que Dios está haciendo. Pero podemos estar seguros de que el universo no gira fuera del control de su Creador. Él está haciendo cosas buenas en cada situación, sin importar cuán difícil sea verlo. Estoy seguro de que, incluso José, en su celda, llegó a preguntarse qué estaba haciendo Dios. Sin embargo, al final podemos ver lo que Dios estaba haciendo: preparándolo para salvar a muchas vidas por medio de él. Y con todo, por satisfactorio que haya sido, José nunca comprendería en su vida, el verdadero bien que estaba logrando.

Y nosotros obtenemos una imagen aun mayor de ese bien cuando dejamos el libro de Génesis. Resulta que José no es ese Hijo que vendría al mundo. En cambio, sería a través de Judá, su hermano.

Ve al capítulo 49 y mira el versículo 8. Esta es una profecía concerniente a Judá, uno de los hijos de Jacob.

«Judá, te alabarán tus hermanos; Tu mano en la cerviz de tus enemigos; Los hijos de tu padre se inclinarán a ti».

¿Ves el lenguaje de Génesis 3:15 aquí? Y mira el versículo 10.

«No será quitado el cetro de Judá, Ni el legislador de entre sus pies, Hasta que venga Siloh; Y a él se congregarán los pueblos».

Lo que tenemos aquí es una profecía de que por medio de Judá vendrá un gobernante, un rey, para el pueblo. Y ese rey será quien triunfe sobre Satanás, aplastando su cabeza. Jesús, por supuesto. Las palabras de esta profecía son un poco vagas, ciertamente, pero este concepto se aclarará a medida que continuemos recorriendo el Antiguo Testamento.

Esto es un increíble viaje por estas tres generaciones para ver el plan de redención de Dios comenzando a desarrollarse. El pueblo de Dios, un pueblo llamado por Dios mediante la fe. En el lugar de Dios. Bajo el gobierno de Dios, el gobierno del salvador del mundo prometido. El pueblo de Dios, el linaje de la promesa, ha sido atacado en estos capítulos. No obstante, Dios lo ha salvado. El pueblo de Dios permanece intacto. ¡Pero a qué costo! Mira el ultimo versículo del libro: «Y murió José a la edad de ciento diez años; y lo embalsamaron, y fue puesto en un ataúd en Egipto».

¿Aún está el pueblo de Dios en el lugar de Dios? Ciertamente no. «Puesto en un ataúd en Egipto». Por esa razón, Dios mismo tuvo que aparecérsele a Jacob en el capítulo 46 para convencerlo de aceptar la invitación de José de ir a Egipto, porque Jacob entendía las consecuencias teológicas de abandonar el lugar de Dios.

Por tanto… al terminar Génesis, empezamos a ver al pueblo de Dios creado. Todavía están bajo el gobierno de Dios. Pero están fuera del lugar de Dios. Tendremos que esperar hasta la próxima semana para ver cómo Dios entra en acción para traerlos de vuelta a su hogar terrenal.

 

[1] Todo en el Antiguo Testamento necesita ser entendido como un presagio de realidades más grandes en el Nuevo Testamento. Y esas realidades del Nuevo Testamento necesitan ser entendidas como un regreso a las condiciones Edénicas que una vez disfrutaron las criaturas de Dios. Así que esta es una ilustración que puede ser de ayuda para el profesor y puede ser usada si así lo considera necesario: Piensa en un proyector de diapositivas. Tiene una luz interna la cual brilla a través de una diapositiva, y proyectada en la pantalla es una gran imagen hermosa. Bueno, todo en el Antiguo Testamento (tierra, simiente, bendición, reino, re, sacerdote, sacrificios, tabernáculos, templo, profetas, etc.). son como la diapositiva en el proyector. Por sí mismas no son muy emocionantes. Son pequeñas y difíciles de ver. No fueron diseñadas para ser vistas por sí mismas. Todos fueron creadas con el propósito de ser insertadas en el proyector y ser iluminadas en la pantalla. Entonces, puedes ver los colores, las formas y los detalles que la convierten en una hermosa fotografía. Lo mismo sucede con el Antiguo Testamento. La tierra, el rey, los sacerdotes, etc., nunca debieron ser fines en sí mismos. Están destinados a proyectar algo más grande. Es como si la luz detrás de ellos fuera el patrón en Edén, ellos, como la diapositiva, sirven como patrón, pero la realidad del Nuevo Testamento es el objetivo de toda la idea del proyector. Como dice Colosenses 2:17: «todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo».

[2] Si bien hay muchas personas que se opondrían a esta doctrina por motivos filosóficos, existen pocos argumentos de que la Biblia sea clara al respecto. Y aunque esas preguntas filosóficas merecen respuestas, y hay respuestas para ellas, van más allá del alcance de esta clase. J. I. Packer, Wayne Grudem, R. K. McGregor Wright, y (por supuesto) Juan Calvino y Jonathan Edwards son buenos ejemplares acerca del tema.