Clases esenciales: Antiguo Testamento

Antiguo Testamento – Clase 23: Daniel

Artículo
20.03.2018

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Clase esencial
Panorama del Antiguo Testamento
Clase 23: Daniel


Introducción

Por favor ve a 1 Pedro 1:1: «Pedro, apóstol de Jesucristo, a los elegidos, extranjeros dispersos…» (NVI).

¿Qué quiere decir Pedro al llamarnos «extranjeros dispersos»? Bueno, todo eso nos lleva a una buena pregunta. ¿Qué significa vivir en el mundo como un extranjero, y aún así vivir en el mundo?

Eso es lo que veremos en el libro de Daniel esta mañana. Un libro interesante, dado que los primeros seis capítulos, con relatos como el horno de fuego y el foso de los leones, son muy familiares. Y, sin embargo, los últimos seis capítulos son algunos de los menos leídos en las Escrituras porque son muy confusos. Espero que durante los próximos minutos podamos armarlo como un solo libro. Y que a lo largo del camino, podamos aprender lo que significa vivir como extranjeros en este mundo.

Primero, algo de contexto. 

Contexto

Daniel es el único libro que abarca todo el exilio. Un adolescente cuando fue llevado cautivo a Babilonia durante la primera oleada de los exilios, Daniel todavía se encontraba en Babilonia como un anciano, cuando los judíos comenzaron a regresar a Jerusalén en los años 536-537 a. C.[1]. Daniel pasa todo ese tiempo en la ciudad de Babilonia. Los babilonios fueron conquistados por los medos y los persas en el año 539 a. C. Entonces, los capítulos 1-4, 7 y 8 ocurren durante el reinado de los babilonios. El capítulo 5 registra la caída del último rey de Babilonia y la toma del poder por los medos. Y los capítulos 9 y 6 registran acontecimientos que ocurrieron durante el reinado del nuevo imperio, llamado el Imperio medopersa. Al parecer, el pueblo de Dios acaba de ser atrapado como peones en esta gran batalla por el dominio.

Y eso realmente captura el contexto histórico redentor del libro. La pregunta sobre la mesa es esta: ¿Quién gobierna la tierra? ¿Dios realmente tiene el control? ¿O también está a los caprichos de estos imperios? Y, lo que es igualmente importante, ¿cómo debe comportarse el pueblo de Dios a pesar de todo esto? Esas son las preguntas que Daniel contestará.

Tema

Y la respuesta llegará básicamente de esta forma:

El Altísimo, el Dios de Daniel, gobierna y reina soberana y supremamente sobre toda la humanidad. Por tanto, su pueblo es valiente frente a la persecución.

Observarás en esa primera oración que no me referí a Dios por su nombre del pacto, Yahveh, como lo hemos hecho tantas veces desde que estuvimos en el libro de Éxodo. Bueno, eso es porque Daniel tampoco lo hace. Con la excepción de una referencia a Yahveh en el capítulo 9, Dios es considerado mayormente en este libro como «el Altísimo». Lo que está haciendo Daniel es hacer hincapié en que su dios es Dios sobre todos los pueblos de la tierra, no solo entre los judíos. Y, como recordarás, estas personas están en el exilio. Han sido llamados «no mi pueblo» por Oseas. Entonces, ¿qué tan apropiado es que en el capítulo 9, cuando reaparece la palabra «Yahveh», es como Daniel ora acerca del fin del exilio? Esa pequeña indicación, el uso del nombre de Dios, nos dice mucho acerca del mensaje de este libro.

Ahora bien, regresando al libro. Con algunos libros de la Biblia, básicamente podemos deambular y entender lo que hace el autor. Con otros, conocer la estructura del libro puede ayudar bastante. Y, sin duda, Daniel entra en esa segunda categoría. Piensa en lo que sabes acerca del libro de Daniel. Comienza en el capítulo 1, versículos 1-4, con Daniel y la nación de Judá yendo al exilio. Y luego, cerca del final, capítulo 9, vemos que es hora de que el exilio termine. Avanza un poco más. El capítulo 2 se enfoca en la visión del rey Nabucodonosor de una estatua que representa cuatro grandes reinos. Ahora, con el final del exilio en el capítulo 9, avanzamos un poco más y vemos, en los capítulos 7 y 8, más visiones de reino con cuatro reinos otra vez en el capítulo 7. En general, el contenido de la primera mitad del libro se recapitula en la segunda mitad. Para aquellos familiarizados con el término, el libro de Daniel, como muchas otras piezas de literatura antigua, está estructurado como un «quiasma». Es decir, pares de pasajes paralelos que funcionan desde los extremos del libro hasta su centro, donde se encuentra el punto principal. Puedes verlo en el esquema en el reverso de tu folleto.

¿Ves ese reflejo quiástico aquí? El exterior, etiquetado A y B, son los dos paralelos que acabo de mencionar. Y luego, el centro, el punto principal, son las dos secciones etiquetadas con «Ds», donde tenemos historias de dos reyes siendo humillados de lo que ellos pensaban que eran lugares intocables de soberanía. Y en medio de esas dos historias, encontramos el capítulo 4, versículos 34 y 35:

« 34 Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. 35 Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?».

Ese es el punto del libro. Dios ha humillado incluso al gran rey Nabucodonosor, conquistador de Judá.

Sin embargo, para mayor claridad, debo señalar que algunos de los paralelismos en Daniel son bastante claros; otros no lo son tanto. Así, diferentes eruditos tienen versiones ligeramente distintas de este quiasma. No nos preocuparemos hoy con cómo funciona exactamente la estructura. Simplemente observaremos que (1) el libro está construido alrededor de esta asombrosa humillación de los reyes de los hombres. Y (2) los relatos en la primera mitad pueden ayudarnos a entender las visiones de la segunda mitad.

Entonces, ¿cómo entramos en este libro? Bueno, para ayudarte a comprender mejor la estructura, tomaremos los capítulos que están destinados a reforzarse mutuamente y miraremos esos pares juntos. Empezaremos desde el medio hacia afuera.

Daniel 4, 5

Así que comenzaremos en los capítulos 4 y 5. En estos dos capítulos tenemos reyes orgullosos que creen que gobiernan por su propio poder. Creen ser los reyes supremos. Estudiaremos cada uno por turno.

El primero es Nabucodonosor, rey de los babilonios. En la primera parte del capítulo 4, Nabucodonosor sueña con un gran árbol con diferentes pájaros anidando en él, que de repente es cortado. Para ese momento,  Daniel ha ascendido considerablemente en el gobierno de Babilonia debido a la sabiduría que Dios le ha dado. También ha demostrado ser un intérprete preciso de los sueños. Por supuesto, Dios es quien le da las interpretaciones. De todos modos, en 4:24-26, Daniel le da al rey esta interpretación del sueño:

«24 Esta es la interpretación, oh rey, y la sentencia del Altísimo, que ha venido sobre mi señor el rey: 25 Que te echarán de entre los hombres, y con las bestias del campo será tu morada, y con hierba del campo te apacentarán como a los bueyes, y con el rocío del cielo serás bañado; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere. 26 Y en cuanto a la orden de dejar en la tierra la cepa de las raíces del mismo árbol, significa que tu reino te quedará firme, luego que reconozcas que el cielo gobierna».

Ahora bien, el texto no dice si Nabucodonosor creyó o no a Daniel. Pero la profecía se hizo realidad. En el versículo 31, mientras él se deleita en su grandeza, una voz del cielo habla y es afectado con algún tipo de locura que lo despoja de su habilidad para gobernar. Y no se recuperó hasta que confesó esos versículos que leímos anteriormente como el punto principal del libro. Y así, la historia termina con Nabucodonosor pronunciando estas palabras en el versículo 37: «Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia». Y esa última oración nos lleva directamente al capítulo hermano del capítulo 4, el capítulo 5.

En el capítulo 5, el Altísimo envía el mismo mensaje a otro rey. Ahora Nabucodonosor está muerto y Belsasar dirige Babilonia[2]. Sin embargo, Belsasar no aprendió esa lección de Nabucodonosor. En cambio, hizo una gran fiesta y usó, como vasos de agua, los vasos sagrados del templo de Jerusalén. Al igual que Nabucodonosor, recibe una visión del Altísimo, esta vez en forma de escritura que aparece repentinamente en la pared, poniendo un verdadero freno a su festejo. Pero él no sabe lo que significa dicha escritura, y Daniel es llamado a interpretar. Después de reprender profundamente al rey —Daniel no hace acepción de hombres—, da la interpretación en los versículos 26-28: «Contó Dios tu reino, y le ha puesto fin… Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto… Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas». Y esa misma noche, Belsasar es asesinado.

De nuevo, el punto de todo esto es que el Altísimo no tolerará rivales. Solo él gobierna sobre el cielo y la tierra. Y lo mismo es cierto hoy. Dios no ha cambiado. Por eso, cuando su pueblo ve reinos que surgen, caen y gobiernan de manera impía, no debe temer que el Señor sea destronado de su reino[3].

 ¿Preguntas? 

Daniel 3, 6

Salgamos de esos capítulos centrales para ver cómo es una teología de la soberanía divina cuando se topa con reyes más arrogantes. A continuación veremos los capítulos 3 y 6.

El capítulo 3 contiene la famosa historia de los tres amigos de Daniel: Sadrac, Mesac y Abed-nego, en el horno de fuego. Nabucodonosor erige una estatua de oro de sí mismo a la que todos deben adorar.

Bueno, como verdaderos monoteístas que aún aman a su Dios del pacto, Sadrac, Mesac y Abed-nego no se doblegarán ni adorarán a la estatua. En respuesta, Nabucodonosor está furioso de que alguien desafíe su autoridad universal. Final del versículo 15: «¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?». ¿En serio, Nabucodonosor? Veamos.

En respuesta, encontramos a estos tres hombres tan valientes como Daniel. Algunas palabras increíbles en el versículo 16:

«16 Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey Nabucodonosor, diciendo: No es necesario que te respondamos sobre este asunto. 17 He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. 18 Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado».

¡Eso es resistencia!

Bueno, como podrás imaginar, una respuesta como esa sella su destino y son arrojados al fuego. ¡Pero Dios los rescata! No solo están completamente protegidos, sino que están acompañados por un cuarto que, según el rey, parece un «hijo de los dioses». Entonces, Nabucodonosor con que: «¿Y qué dios será aquel que os libre de mis manos?». El Dios de los judíos, ese Dios. Y así, Nabucodonosor queda asombrado, como vemos en el versículo 29.

En el capítulo 6 tenemos una historia similar. Esta vez, el rey es Darío[4], y la fiel víctima judía es Daniel. Este Daniel está en el foso de los leones. Ahora Daniel es un anciano, y tiene enemigos y amigos. Como cuenta la famosa historia, los enemigos de Daniel buscan una forma de atraparlo, pero no pueden encontrar nada escandaloso en él. Así que deciden buscar lo único que sobresale: su compromiso de orar a su Dios. Convencen a Darío de que apruebe un decreto que prohíbe la oración a cualquier dios que no sea Darío, y luego van a atrapar a Daniel en este acto delictivo. ¿El castigo? Ser arrojado al foso de los leones.

Pero una vez más, Dios rescata a su siervo. Y nuevamente, Dios llena la boca de un rey pagano con alabanzas. Esta son las palabras de Darío en los versículos 26-27:

«26 De parte mía es puesta esta ordenanza: Que en todo el dominio de mi reino todos teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel; porque él es el Dios viviente y permanece por todos los siglos, y su reino no será jamás destruido, y su dominio perdurará hasta el fin. 27 El salva y libra, y hace señales y maravillas en el cielo y en la tierra; él ha librado a Daniel del poder de los leones».

¿El punto? Dios está en su trono. Pero una implicación básica de esto es importante: solo porque el verdadero Dios reina, no significa que su pueblo estará exento de persecución. En realidad, significa que serán el blanco de todas las persecuciones[5]. La lealtad del pueblo de Dios hacia él parecerá un desafío a cualquier reclamo terrenal de soberanía. Así que el pueblo de Dios parecerá estar solo en el camino en cualquier toma de poder terrenal. Pero es por esa confianza, que de hecho el Altísimo gobierna sobre los reinos de los hombres, que el pueblo perseguido y afligido de Dios está dispuesto a soportar  grandes pruebas y tribulaciones por el bien del Dios que aman[6].

¿Ves cómo Dios está preparando a su pueblo para el tiempo en que ahora vivimos? El rey Salomón difícilmente podría haber pensado en sí mismo como un forastero y extranjero en este mundo; él gobernó en lo que para todos los propósitos intensivos era el mismísimo centro del mundo. Pero cuando llegamos a Daniel, Dios está usando a sus profetas para enseñarnos cómo es ser ciudadanos de un reino que no es de este mundo. La culminación final del reino de Dios está por venir.

¿Preguntas?

Daniel 2, 7-8

Bueno, vayamos a nuestro próximo emparejamiento: Capítulos 2, 7 y 8[7].

En el capítulo 2, Nabucodonosor tiene un sueño. Esta vez es una estatua grande, cuyo significado solo Daniel puede interpretar[8]. La estatua que vio Nabucodonosor tenía una cabeza de oro, pecho y brazos de plata, su vientre y sus muslos de bronce, y pies de una mezcla de hierro y barro cocido (cf. vv. 31-33). Pero es destruida por una piedra, arrojada, parece, del cielo, que crece para llenar toda la tierra. Daniel explica el significado del sueño que Dios le había dicho. Dice en los siguientes versículos que cada sección de la estatua representa cuatro reinos sucesivos. El reino de Nabucodonosor es la cabeza de oro, pero los babilonios serán sucedidos por otros tres reinos. El último de ellos será tan fuerte como el hierro, pero al mismo tiempo tan frágil como el barro cocido porque se dividirá. ¿Y la roca que rompió la estatua y se convirtió en una montaña? Mira el versículo 44. Es el propio reino de Dios.

Y ahora te pregunto. ¿Cómo se cumplió eso? Incluso la interpretación de Daniel es un poco turbia porque se refiere a acontecimientos que él no presenció. Pero para nosotros, que estamos más adelante en la historia, vemos con más precisión lo que está sucediendo aquí. Como ya dijimos, el Imperio babilónico fue tomado por el Imperio medopersa en el año 539 a. C. Ese imperio es el pecho y los brazos de plata. Más adelante, alrededor del año 332 a. C., Alejandro Magno de Grecia conquistó el reino de Persia. El Imperio griego es representado por las piernas de bronce. Eso luego dio paso a los pies de hierro y barro cocido, el Imperio romano, en los siglos I y II a. C.

¡Pero lo que más nos interesa es esa piedra cortada sin manos! Eso, por supuesto, es el reino de los cielos, y su gobernante es el Señor Jesucristo. Su conquista no vino a través de poderío militar, sino a través de la predicación del evangelio. Con el tiempo, conquistó los corazones y las mentes de muchos en el Imperio romano. Y, así como leemos con el monte llenando toda la tierra en el versículo 35, el reino de Cristo se ha extendido por todo el mundo. Y como leemos en el versículo 44, es para siempre. Entonces, lo que Daniel ve aquí es la victoria de la predicación de Cristo y la propagación de su Iglesia a toda lengua, tribu, pueblo y nación. ¡Amén!

Ahora bien, con eso pasamos al capítulo 7. Y lo que vemos es que esta visión de los cuatro reinos no es solo un ejercicio de predicción. Está ahí para enseñar una verdad importante.

Ve al capítulo 7. Aquí Daniel tiene un sueño de cuatro bestias. El primero era como un león con alas de águila, el segundo semejante a un oso devorando huesos, el tercero a un leopardo con cuatro alas y cuatro cabezas, y el cuarto es tan terrible que no hay animal con el que pueda ser comparado.

Entonces, Daniel tiene una visión de Dios, a quien llama El Anciano de días. Veamos qué pasa. Mira el versículo 9:

«Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. 10 Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él; el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos. 11 Yo entonces miraba a causa del sonido de las grandes palabras que hablaba el cuerno; miraba hasta que mataron a la bestia, y su cuerpo fue destrozado y entregado para ser quemado en el fuego».

Así que Dios destruye estas bestias. ¿Quién toma el poder y el dominio que una vez fueron suyos? Mira el versículo 13:

«13 Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. 14 Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido».

¿Quién es este «uno como un hijo de hombre» que gobernará para siempre con el poder que Dios le ha dado? Cuando Jesús estaba en juicio, y le preguntaron quién era, él se refirió a este pasaje. Escucha Marcos 14:61-62: «El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo». Solo Jesús se acerca al Dios viviente, y reina con él, y él regresará a la tierra sobre las nubes del cielo para tomar públicamente lo que le pertenece por derecho. Sabemos por fe que él actualmente reina. Pronto todos lo verán.

El versículo 17 nos dice que estas cuatro grandes bestias son cuatro reinos. Entonces, ¿ves cómo los capítulos 2 y 7 ayudan a interpretarse entre sí? El capítulo 2 se refiere a los acontecimientos actuales en los tiempos de Daniel. Y es mucho más narrativo que apocalíptico. Cuatro reinos terrenales que, hoy, podemos llamar por su nombre. Pero sin el capítulo 7, podríamos perder el punto principal acerca de esa piedra que llena la tierra. El capítulo 7 muestra que esta visión inmediata del capítulo 2 del futuro apunta hacia un cumplimiento aún mayor. Cuatro bestias que no representan simplemente reinos específicos, incluso cuando la imagen de la «bestia» en Apocalipsis se refiere generalmente a los oponentes terrenales de Dios. Y luego una culminación que es más específica y más sorprendente. Cuando el reino del Hijo del Hombre finalmente y firmemente se establezca. Un cumplimiento que todavía anhelamos.

Te dejo estudiar el capítulo 8 por tu cuenta. Sucede algo similar.

¿Preguntas?

Daniel 1, 9

¡Y eso quiere decir que al fin hemos llegado al capítulo 1! Lo emparejaremos con el capítulo 9. En el capítulo 1, el pueblo de Dios va al exilio. ¡Y en el capítulo 9, el pueblo de Dios está listo para salir! (Cf. 1:2 y 9:2).

En el capítulo 1, vemos a los cuatro muchachos judíos, Daniel, Sadrac, Mesac y Abed-nego[9], internados en una escuela preparatoria de Babilonia. Están allí porque han demostrado su potencial para servir algún día al rey. Bueno, mientras están allí, valientemente piden que se les excluya de comer alimentos que están fuera de sus leyes dietéticas religiosas. ¿Y el resultado? La bendición de Dios sobre ellos. Incluso en el exilio, Dios bendice a su pueblo y les da sabiduría (versículo 17): otro tema en este libro.

Finalmente, veamos el maravilloso capítulo 9. Mira el versículo 2. ¿Cómo sabía Daniel que el exilio casi había terminado? ¡Qué concepto tan novedoso! En busca de aliento y comprensión, ¡Daniel lee la Biblia! Recordarás de Jeremías que nadie escuchaba a Jeremías. Bueno, Daniel sí lo hacía. La oración que sigue, comenzando en el versículo 3, es elocuente y conmovedora. Al leerla, puedes ver que Daniel realmente conoce a su Dios. Es un buen desafío para todos nosotros adoptar este tipo de lenguaje en nuestras propias oraciones. De hecho, te animo a que leas y medites en este capítulo esta semana. Y como dije antes, es particularmente emocionante en el contexto de Daniel porque Daniel nuevamente se refiere a Dios como «¡Yahveh, nuestro Dios!» ¡El final del exilio está aquí!

Pero, de nuevo, el paralelismo con el capítulo 1 es útil. Recuerda que en el capítulo 1, el exilio no fue solo un exilio físico. El exilio físico simplemente refleja un exilio espiritual continuo. El pueblo había rechazado a su Dios. Y Nabucodonosor estaba tratando de integrar a estos israelitas en la cultura pagana. Por tanto, esperaríamos ver en el capítulo 9  algo acerca del fin del exilio físico y espiritual. Y así lo hacemos. El exilio físico está a punto de terminar, como vimos en el versículo 2. Pero, el verdadero exilio, el exilio que comenzó cuando Adán y Eva fueron expulsados ​​del huerto del Edén, el exilio de Dios que todos experimentamos a causa de nuestros pecados, no terminará simplemente con el regreso de los judíos a Jerusalén. Ese exilio, el exilio al que el exilio judío se limita a señalar, solo termina cuando Cristo hace expiación por nuestros pecados. Ve Daniel 9:24-25:

«24 Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. 25 Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas».

Entonces, ¿qué vemos aquí: un fin al pecado? Después de setenta semanas. Y un ungido, un príncipe. ¿Quién, versículo 26, «será muerto y no tendrá nada»? ¿Qué está pasando aquí? Bueno, los setenta años de exilio físico han terminado. Pero estas setenta semanas, estos setenta «sietes» —cualesquiera que sean—apenas están comenzando. Pero su fin será la respuesta final de Dios al pecado de su pueblo en la muerte expiatoria y el regreso triunfal de Jesucristo.

¿Preguntas?

Daniel 10-12

Por último, eso nos lleva al capítulo 10. Los capítulos 10 al 12 no entran en esa estructura de reflejo con los primeros nueve capítulos, pero son igual de importantes. Contienen más profecías predictivas acerca del futuro del pueblo de Dios. Y al igual que lo que hemos visto hasta ahora, el cumplimiento de estas profecías es a corto plazo y en los últimos días. Te dejaré estudiar estos capítulos y verás por ti mismo cómo continúan el tema del gobierno de Dios sobre todas las naciones.

Conclusión

Entonces, ¿cómo habla Daniel a nuestras vidas como exiliados en este mundo? Nos recuerda, en los capítulos 4 al 5, que aquellos que se oponen contra el Altísimo serán humillados, ya sea para su beneficio eterno o arrepentimiento eterno. Nos muestra, en los capítulos 3 y 6, cómo es ser siervos fieles de un Señor soberano, incluso cuando sufrimos persecución y oposición por nuestra fe. Nos ayuda a ver, en los capítulos 2 y 7/8, cómo las «grandes potencias» que nos rodean están desapareciendo y que el reino de Dios en la tierra ciertamente vendrá. Ilumina la esperanza que tenía Daniel, que ahora podemos ver claramente del fin de nuestro exilio espiritual que ha llegado en Cristo. Y anhela, en los capítulos 10 al 12, la recompensa eterna que nos está esperando cuando finalmente lleguemos a casa.

Oremos.

 

[1]Puede haber muerto poco antes de que volviera la primera oleada.

[2] Belsasar no era el rey de Babilonia,  sino el corregente de la ciudad para su padre, Nabonido, que estaba en ese momento en otro lugar del imperio.

[3] Agustín insiste en esto en la Ciudad de Dios

[4] Darío puede no ser un nombre, sino un título (como César) para Ciro, rey de los medos.

[5] 2 Timoteo 3:12 dice: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución».

[6] Otra vez pienso en Agustín enseñándonos que la Ciudad de Dios siempre está siendo atacada por la Ciudad del Hombre, pero que es la Ciudad de Dios la que perseverará al final.

[7] Ahora, puede que no haya tiempo para esto en la clase, pero sin duda es lo suficientemente interesante como para ser considerado: Daniel se describe aquí como un nuevo José. Hay muchas similitudes entre ellos. Ambos son capturados y oprimidos por los gentiles cuando son jóvenes. Ambos son ascendidos en el servicio a los gentiles, nada menos que segundos al mando. Ambos son falsamente acusados. Ambos son entregados por Dios en situaciones que amenazan sus vidas. Ambos interpretan sueños. Y ambos atribuyen su capacidad para interpretar los sueños a Dios frente a otros que no pueden interpretarlos confiando en sus medios religiosos. El objetivo de todo esto es muy probablemente alentar al pueblo de Dios a que, tal como él había estado antes con su pueblo en un país extranjero para protegerlos, lo haría de nuevo. Y posteriormente, así como sacó a su pueblo de Egipto, también los sacaría de Babilonia. El «nuevo José» es una señal para todas estas cosas. Y ambos son tipos de Cristo.

[8] En realidad, Daniel puede contarle a Nabucodonosor el contenido del sueño sin que le hayan dicho antes. Todo esto, por supuesto, proviene de la mano soberana de Dios (cf. 2:19-23, 27-30).

[9] Los últimos tres de los cuales son sus nombres babilónicos dados.